Hace ya algún tiempo tuve la oportunidad de ver un maravilloso cortometraje llamado “Hay un hombre en el bosque”, creado por Jacob Streilein, en donde se cuestiona si una persona “buena” puede corromperse por la sociedad. ¡Hay un hombre en el bosque!, ya no es un mito
Al final decidiste manchar tu buen nombre,
renaciendo como un mal hombre.
Mencionaste madurez a los más chicos,
pero caíste en el juego sucio de un crío
que prejuzgaste sin entender su lío.
No te detuviste para pensar
cuál era su pesar;
no lo salvaste de su malestar
o creíste: ¿qué era natural su manera de actuar?
¿No te diste cuenta de su realidad?
Llamaba la atención sin vacilación,
pero prestaste poca atención,
hasta que la historia del hombre en el bosque apareció.
Por primera vez sintió la atención,
la saboreó y con gusto la utilizó.
Todos repetían lo que él decía
e incluían sus fantasías.
Los padres oían lo que él decía:
“Hay un hombre en el bosque”, repetían.
Te juzgaron sin vacilación
y tu ego solo apareció.
“Esos chicos tienen suerte de tenerme”, decías,
“solo tú los entendías”.
Acabaron con tu vida
y te convertiste en lo que no entendías.
Ahora sí:
“Hay un hombre en el bosque”
ya no es un mito.



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