La sociedad avanza hacia un pensamiento cada vez más absurdo y decadente. Lo curioso es que, a pesar de que esto parece evidente, poco se hace al respecto; todo ha ido perdiendo su valor y se ha llegado a un punto peligroso en el que incluso quienes conservan algo de cordura prefieren no opinar.
¿Deberíamos dejar de insistir y permitir que todo siga su curso? ¿Deberíamos limitarnos a ser simples suplementos vivientes dentro del sistema?
Seguimos tendencias y modas como si no existiera un mañana. Paradójicamente, el ser humano estudia la historia con el propósito de no repetir los errores del pasado, de hacer el presente más llevadero y preservar el futuro. Sin embargo, hoy muchas cosas parecen carecer de sentido. Valores como el respeto, la empatía, el deseo de aprender y la buena educación se han ido diluyendo poco a poco, mientras todo se encamina hacia un consumismo tecnológico donde “todo ya está hecho” y solo se exige el esfuerzo mínimo.
La educación actual, en muchos casos, se ha reducido a un espacio físico destinado a contener niños y adolescentes. Allí, distintos adultos se rotan por horas hablando de temas que no despiertan interés, mientras el tiempo transcurre hasta que los padres regresan por ellos. Según el sistema, este proceso brinda las bases necesarias para que la juventud pueda subsistir en la sociedad; no obstante, lo cierto es que el placer de aprender se ha transformado en una obligación tormentosa, perdiendo por completo su sentido.
Aquello que para los adultos se define como un derecho, para los niños se convierte en un deber: un requisito que debe cumplirse para, posteriormente, someterse a un trabajo. Así, la educación deja de ser un camino de formación y se convierte en una etapa más dentro de una cadena que rara vez invita a pensar, cuestionar o construir sentido propio.
Lo triste es que la decadencia no se manifiesta únicamente en la pérdida de valores o en el consumismo, sino en lo normal que se ha vuelto no pensar, aprender lo mínimo, no cuestionar ni indagar. La curiosidad y el deseo de ser mejor parecen desaparecer, y el ser humano termina convirtiéndose en un ente que solo intenta sobrevivir, dejándose arrastrar por la nada.




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